
Y la lista sigue, pues esta constitución dodecanaria se halla por donde quiera que se investigue: 12 son en el ‘consejo circular’ del Dalai Lama; 12 los hijos de Jacob, jefes de las 12 tribus de Israel (Rubén, Simeón, Leví, Judá, Dan, Neftalí, Gad, Aser, Isacar, Zabulón, José y Benjamín); 12 los apóstoles (Pedro, Andrés, Felipe, Bartolomé, Santiago, Alfeo, Judas Tadeo, Santiago, Juan, Tomás, Mateo, Simón el Cananeo y Judas Iscariote); 12 los caballeros de la Tabla Redonda; 12 los históricos Pares de Francia; 12 las divisiones del Estado Etrusco; 12 los lictores que instituyó Rómulo. Mayor atemporalidad, imposible.
Platón consideraba que el hacedor del universo había creado el orden a partir del caos primordial por medio de las formas y los números esenciales, que actuaron como modelo arquetípico, como interconexión entre el reino superior y el inferior. Son cinco esos cuerpos esenciales, es decir, aquellos únicos cuerpos regulares que tienen todas sus aristas y ángulos internos iguales, a los que Platón asignó un elemento básico de la naturaleza: cubo=tierra, tetraedro=fuego, octaedro=aire, icosaedro=agua, mientras que al dodecaedro le reservó el elemento más importante, la quinta esencia o éter.
Y esto se debe a que había descubierto que el dodecaedro, el poliedro que por el valor que alcanzan las aberturas de sus ángulos se acerca más a la perfección de la superficie esférica, expresaba en términos matemáticos (lenguaje de la Creación), la divinidad de la forma esférica, mediante sus 12 caras pentagonales (pentágonos de donde se obtuvo la proporción áurea, repetida en toda la naturaleza), 20 vértices y 30 aristas.